La prostituta del diablo
Hay una pequeña historia que no conozco del todo. Ni siquiera recuerdo quien me la contó. Sólo sé que trata de una prostituta quien orgullosamente, decía que le pertenecía al diablo. Conocía a la chica, pero la conocía de lejos.
Tengo presente sus ojos almendrados, su nariz afilada, su boca grande. Cada que miraba su boca pensaba que le cabían dos vergas a la vez. Ese tipo de pensamiento sucio que tenemos los hombres en silencio. Tenía tetas grandes. Desde los dieciséis ya las tenía así.
Nunca fui muy afecto a las tetas, pero pensé mencionárselas porque seguro hay cabrones que lo único que piensan es en amamantarse. Yo sólo pienso en follar culos, si soy honesto. Morder piernas y nalgas. Alzar faldas, bajar calzones y hacerle gritar con la primera metida. Unos quieren acabarse de criar. Otros queremos mancharnos el pene de mierda. Así es la vida.
La prostituta del Diablo, era una putilla que fumaba mota tres veces al día. Llevaba en su cuello una gargantilla de tela negra. En ella, sostenía un pequeño medallón que decía “Puta” en letras garigoleadas. No era fácil acercársele para leerlo. Quien tenía la suerte de hacerlo, tenía la suerte de que le chuparan la verga. No había muchos.
Ahora recuerdo al hombre. Vestía de blanco y su cabello estaba relamido hacia atrás. Tenía una voz profunda. Me contó que la Puta perdió el alma en una apuesta. Debía acostarse con cualquier hombre que a él se le antojara. Ella nunca tuvo control de su cuerpo, o de su deseo. Estaba marcada desde antes de nacer. Le dio las tetas para que los hombres se las mordieran. Le dio el ano para que se lo follaran. Le dio un clítoris para que otras mujeres se lo chuparan.
La miraba de lejos y era irresistible. Me masturbé diversas noches pensando en ella.
Una vez, aquel hombre de traje blanco, me contó mientras reía y fumaba un puro, que se la había follado en un estacionamiento. Que peculiar, pensé. Traía un pantalón muy ajustado, me recalcó, nada apropiado para una perra en celo. Se lo bajó, le bajó la tanga y se la puso entre las nalgas. Me masturbé entre ellas, me platicó el hombre carcajeándose. La hubieras visto, recalcó, con la lengua de fuera y el sudor en la cara.
No podía tener los ojos abiertos por el sudor, el eco de sus gemidos reverberaba en el estacionamiento y levantaba más el culo para que se la metiera por el ano. Jamás había escuchado con tanto deleite una serie tan continua de malas palabras. Le miraba interesado. Deseaba saber más de aquella historia.
-Contra mi cadillac rojo -me dijo el hombre-. Contra la cajuela… acomodé el falo y se lo metí por aquel pequeño agujerito. ¿Sabes el grito que dio? No. Tendrías que estar ahí para haberlo escuchado. ¿Pero sabes qué dijo con ese grito? Dame más. Necesito más. Empújalo más duro. Empújalo hasta el fondo. La tome por la gargantilla y eso hice. Cada metida le jalaba el cabello. Tantas veces se vino aquella perra.
Entre más recuerdo aquella historia, los rasgos del hombre parecen más finos en la memoria. Ojos claros y nariz puntiaguda. Una sonrisa de un millón de dólares.
-No me bajé los pantalones. sólo la cremallera. Ninguna perra merece que baje la cremallera. Mi buen señor. Ese ano es tan apretado como la vagina virgen cada vez que se folla. Son los jadeos de una perra en su primer celo. La memoria de la piel no existe en esa mujer. ¿Sabe cuán especial es?
-Pobrecita. ¿Y no puede dejar de follar?
Él se rió.
-Conmigo no. Los coches pasaban despacio para vernos follar. Pero ninguno se atrevió a detenerse. Le puse los dedos en mi boca para los chupara, cual si fuera un falo sagrado. Ahh, cómo mama… cómo mama. Sin dientes. Pura lengua. Apretando con sus labios chiquititos. Su boca enorme. ¿Ha visto su boca? Es para meterle dos por ahí. Es una mujer de hasta quinta penetración. Una puta íntegra.
-Curioso adjetivo para referirse a ella -no lo evité. A pesar que la historia me fascinaba, me provocaba curiosidad el furor del hombre para contarla. Sus ojos hervían con el recuerdo. Sentí el sudor en mi cara.
-Me vine sobre su espalda aún vestida. Me vine como nunca. ¿Y sabe qué hizo tan pronto me vine? Se arrodilló frente a mí. Su pequeño medallón tintineando. Puta, puta, como una campana, puta. Me mamó la verga para limpiarla. Hasta la garganta. Eso fue más de lo que pude soportar y me corrí una segunda vez. La puta estaba encantada de obedecer a su dueño.
-¿La prostituta del diablo, y usted su dueño?
El hombre continuó fumando su puro, y no evitó otra carcajada.